Sé que tengo esto abandonado. En parte es por las vacaciones y en parte no, pero no me preocupa. Sé que en Octubre volveré con fuerza.
Hoy escribo porque hace un año que soy feliz.
Hace un año que aparqué mis problemas, embarqué en un avión que cruzaba el charco y cambié mi visión de las cosas.
Hace un año que no me siento triste o amargado de manera constante, y es algo que se agradece muchísimo.
Así que hoy hay que tomarse una cerveza y brindar por la felicidad, porque no siempre cumple años.
Resulta que el jueves me enteré a través del fotolog de Raúl que tocaban en la sala Galileo Galilei dos chicas: Gastelo y Rebeca Jiménez. A la segunda la conocía. A la primera no, así que me puse a buscar cosillas de ella y la verdad es que suena muy bien.
Resulta también que llevo varias semanas pensando en que ayer debía dejar plasmado aquí algo particular, pero no sabía cómo hacerlo. Tenía una canción y la idea de las palabras que quería poner, pero no era suficiente. Buscaba las palabras perfectas.
Lo fui alargando durante todo el día, esperando que algún milagro me hiciese expresar las cosas como siempre he querido. Pero como casi todos los milagros, no ocurrió…
Cuándo ya no podía posponer más el momento de escribir, decidí pasear a ver que contaba Javi desde un noviembre azul. Allí estaba una canción de Gastelo en el concierto del otro día.
Y esa canción era todo lo que yo buscaba. Por eso se la robé así.
Seguramente no os parezca una gran casualidad, y menos si os digo que Raúl y Javi son amigos, pero a mí se me iluminó la habitación cuando ayer se cruzó delante de mi ese video del concierto.
Y claro, no pude evitar esbozar una sonrisa al ver como puede ser la vida…
Para compensar, pongo otra canción de ese concierto. Esta vez de Rebeca pero cantada por las dos.
Hace un tiempo le dije a Kika que los libros eran el regalo perfecto. Siempre se les tiene un gran cariño y por mucho que pasen los años uno nunca olvida quien te lo ha dado.
Creo que es una verdad a medias. Son un regalo fantástico pero aunque se quedan cerca, no son el regalo perfecto.
Una vez recibí el mejor regalo del mundo. Ese que nunca se olvida. Venía en la parte de abajo de una tabla de madera que, apoyada en dos caballetes, hacía de mesa. Mi mesa. Pero no era mía por haber sido yo quien compró la tabla, si no porque tiene EL REGALO y sé que nunca me podré desprender de ella.
El regalo consistía en una palabra de siete letras. La palabra más importante del diccionario castellano. La palabra (esa y sólo esa) que más me ha marcado
Por si fuera poco, viene acompañada de un recuerdo particular. Un recuerdo ambientado en la oscuridad, que tiene por banda sonora la canción de Sigur Ros y con su protagonista tumbada boca arriba en el suelo. Un recuerdo que inevitablemente tengo asociado a las lágrimas, que bien pueden ser las suyas cuando abrí la puerta o las mías cuando descubrí esa palabra varias semanas después.
Un recuerdo que continuamente me hace tirar del hilo para saber qué tenía ella que agradecerme, y siempre llego a la conclusión de que la respuesta es nada. Que sus razones las disfruté yo tanto como ella. Que sus razones eran vivencias de dos y para dos.
Y es ahí cuando vuelvo a pensar que ese GRACIAS es el mejor regalo que me han hecho nunca. Porque ese GRACIAS no es un gracias cualquiera.
Mientras busco su regalo perfecto sigo entregándole libros, intentado demostrarle que siempre le estaré muy agradecido.
En 1965 un estudiante de 17 años estuvo 264 horas (11 días) despierto, estableciendo así un nuevo record de tiempo sin dormir.
Yo llevo 40 y aunque quisiera no podría aguantar mucho más.
Eso sí, confieso que 40 horas sin desconexión dan para muchas historias. Algunas para las que es preferible estar dormido. Otras, dignas de agradecer que en ese momento no estuviese tumbado en un sueño lejano. Pero todas historias al fin y al cabo.
Ahora por fin me toca entrar en un estado de relajación total, perfecto para recapitular todos los pensamientos que pasan por la cabeza a lo largo de un día extralargo.
No sé si me lo he ganado (probablemente no) pero necesito ese sueño añorado. Y a poder ser que también dure 40 horas.
Podría parecer que todo lo que hago tiene una razón, pero es mentira. De todas las cosas que hago sólo estoy 100% seguro de las razones de una, y por eso me resulta tan especial.
Siempre que puedo (y creedme, son pocas veces) procuro escaparme a Madrid. Y lo hago porque desde que salí corriendo de allí no he encontrado nada más reconfortante en mi vida que esa ciudad, incluyendo las 5 horas de viaje en coche.
Para mí Madrid son muchas cosas. Madrid es mi escapatoria. Es mis amigos. Es mi tranquilidad. Es mi manera de despegar durante un rato de mi vida para aterrizar en una un poco mejor. Es mi diversión. Es mi optimismo en vena. Mi manera de ver que las cosas siempre pueden ir a mejor, y si en algún momento, por la razón que sea, no van bien, Madrid me da el mejor lugar para terminar de hundirme y luego empezar a escalar esa montaña de nuevo.
Escribo esto porque estoy rabioso, intranquilo, cansado y un poco triste. Y os aseguro que desde el Septiembre pasado no estaba triste. Quizás todo eso es por lo que quería estar este exacto fin de semana en Madrid. Por lo que necesitaba estar este preciso fin de semana allí…
Al final va a resultar que Madrid es algo más que una ciudad. Es mi forma de vida.