Miedo y respeto

Cabecera

Le tengo miedo a los perros. Es algo que sabe mi gente cercana pero no todos lo de mi alrededor. ¿La razón de mi miedo? La de casi siempre: Un trauma infantil.

No recuerdo ni el día ni la hora. Sólo sé que era magosto, lo cual nos sitúa en un fin de semana cercano al 11 de Noviembre de un año en el que yo era muy joven.

No hay mucho que contar sobre esto. Yo iba en mi bici BH roja. (Sí, lo siento por mis lectores más avanzados en edad aunque no viejos. Yo no soy de la época de Lejarreta si no de la de Induráin, y eso implica que las Orbea ya no eran la primera opción en bicicletas)
A lo que iba: Las dos ruedas de mi BH roja iban pinchadas y a causa de eso no era capaz de subir una cuesta, eso sí, bajándola hacía más ruido que un cerdo en la matanza*.

Fue en una mierda de descenso atravesando la parte desconocida del pueblo (si una aldea de menos de un centenar de habitantes puede tener una parte desconocida) cuando un perro cabrón salió de sus límites marcados por una verja de hierro forjado, me mordió en el culo (nalga izquierda para más detalle si os resulta de interés, cosa que dudo) y volvió a su territorio, infranqueable por un joven muchacho de bici con dos ruedas pinchadas y culo recién mordido (usease yo). Mi hermano, que era mi compañero de paseo en bicicleta (él sin ruedas pinchadas, por algo es el mayor) cerró la verja o salió corriendo conmigo (ya no lo recuerdo, tal vez por eso aún le quiero) me llevó a casa de las modistas y éstas a Ourense junto mis padres.

El resto de la historia implica a mi padre yendo al hospital para coger una vacuna por si acaso el perro era rabioso (hijoputa ya sabíamos que sí era). Creedme, la historia de mi nalga y la aguja no la queréis saber. Los gritos os dejarían secuelas irreversibles.

Sé que me he desviado mucho de la historia, pero esto viene a cuento de que los grandes poetas, al igual que los perros, también me intimidan. Y es que cuando cojo un libro de alguien como Pablo Neruda, no importa por donde lo abra. Siempre acabo con una sensación placentera a mi alrededor.
¿A tí no te pasa? Déjame probar…

Ausencia

Apenas te he dejado,
vas en mí, cristalina
o temblorosoa,
o inquieta, herida por mí mismo
o colmada de amor, como cuando tus ojos
se cierran sobre el don de la vida
que sin cesar te entrego.

Amor mío,
nos hemos encontrado
sedientos y nos hemos
bebido toda el agua y la sangre,
nos encontramos
con hambre
y nos mordimos
como el fuego muerde,
dejándonos heridas.

Pero espérame,
guárdame tu dulzura.
Yo te daré también
una rosa.

Y te hablo de la ausencia por no hablarte de Tu risa. No me veo capaz de pedir algo como lo que sigue, aunque tal vez algún día lo haga.

[...]

Ríete de la noche,
del día, de la luna,
ríete de las calles
torcidas de la isla,
ríete de este torpe
muchacho que te quiere,
pero cuando yo abro
los ojos y los cierro,
cuando mis pasos van,
cuando vuelven mis pasos,
niégame el pan, el aire,
la luz, la primavera,
pero tu risa nunca
porque me moriría.

En lo que os acabo de dejar, Neruda sólo nos habla de amor. El deseo, las furias y las vidas aún están por llegar. Y la verdad, al ritmo que voy poco tardaré en hablaros de ellas.

Por eso le tengo respeto… porque llevo 16 poemas de un libro de 45 y ya tengo la necesidad de hablaros de Los versos del capitán.


* Chiste patrocinado por la gripe porcina, o nueva gripe, o gripe A, o como quiera que la llamen ahora.

- ¿Qué le pide una cerdita a Papá Noel?
- La wiiiiiiiiii

¿No lo pillas? Dímelo que te lo explico. O busca el ruido de un cerdo cuando gruñe.

Escrito por Jaco
07 de mayo de 2009

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  1. Cris

    Definitivamente el chiste pierde al escribirlo. Aunque bueno, teniendo en cuenta que tu contándolo no sabes hacer el sonido …no sé que es peor!
    Sin acritud.

  2. Jajaja, joder ¡sin acritud dice!

    Como no sé hacer el ruido, no lo cuento a viva voz. Sólo lo escribo para que otro haga el ruido.
    Además, que el chiste ni siquiera es mío.

    Un beso con mucho cariño y ninguna acritud.

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