“El mundo a mi entorno era un mapa lleno de laberintos, que había que ir descifrando poco a poco y paso a paso”

Adriana – Paraíso inhabitado

(Venga, dadle al play, que lo que viene ahora es largo y poco interesante. Se os hará más llevadero si es que leeis hasta el final)

El Jueves tuve una de esas tardes de poca concentración y agobio que se repiten todos los años.
El curso pasado por estas fechas tuve una igual (en motivos) y la solucioné de una manera bastante efectiva así que el otro día decidí repetir plan: Ir a la zona vieja a leer.

Como siempre llevo un libro en la mochila, tuve el gusto de que mi acompañante para tal ocasión fuese Ana María Matute con su “Paraíso inhabitado”. Sólo me faltaba desplazarme hacia el casco antiguo de la ciudad.

No descubro nada diciendo que la zona vieja de Santiago es preciosa. Además tiene una cualidad fantástica para los que están de visita o llevamos poco tiempo aquí, y es que si encuentras un rincón mágico (cualquiera que te haga sentir cómodo) se desvanecen todas tus preocupaciones.
-Digo que es fantástica para los visitantes o nuevos habitantes porque muchos de los que llevan tiempo viviendo aquí han perdido la capacidad de apreciar ciertos encantos-

Ese rincón mágico puede estar en la alameda (con la catedral frente a tus ojos), en la socorrida plaza del Obradoiro o en cualquier otro lugar. Como el tiempo no acompañaba busqué mi sitio bajo techo, y así llegué hasta a casa das crechas. No parecía el sitio más adecuado para sentarse a leer (sí para tomar un licor café) pero quería intentarlo.

El caso es que estábamos solos la camarera, Ana María Matute y yo. Me pedí un té y dejé que la escritora me contase la historia de Adriana, una jovencita incomprendida dentro y fuera de su casa.
Mientras las hojas pasaban delante de mí aflorando un cierto cariño hacia la protagonista, empezó a entrar y salir gente del local.

Feeling Good

Apareció una pareja de franceses, de unos 45 años diría yo. Me vieron con un libro en la mano y sonrieron. Se pidieron un té (rojo ella, negro él) La señora era guapísima, y ambos parecían felices. Se bebieron su infusión con velocidad (tan rápido que no entiendo cómo no se quemaron la lengua) y se marcharon.
Despertaron en mí una curiosidad sobre toda la gente que estaba sentada a mi alrededor y en la cual yo no había reparado. Igual tenían historias interesantes. Y si no lo eran, al menos me las podría imaginar.

Me pedí una caña y empecé a detener mis ojos en cada mesa. En una estaba un chico con su portátil. En otra una chica que esperaba a otra amiga. En la de la esquina dos músicos que se liaban sus pitillos y hablaban animosamente sobre noséque.
Cuando unos se iban otros tomaban su lugar instantáneamente.

Volví a enfrascarme en el libro hasta que un chico y una chica, rondando los 35 (tal vez más, tal vez menos) se sentaron a mi lado.
Él es, probablemente, la persona más pedante que he visto en mi vida. Su tono de voz le delataba. Hablando de un tema que su interlocutora desconocía, parecía querer dárselas de importante y aprovechaba la coyuntura para aleccionar en lugar de informar.
(Sí, sé que no le conozco de nada y no debería valorarle ¡pero la primera impresión fue nefasta!)

Luego los sorprendí hablando de la pareja del chico.
Decía que estaba bien con ella. Que en ocasiones no entendía ciertos comportamientos, pero que estaban felices.
Su acompañante parecía un poco incómoda. Miraba con una cara que bien podía ser de aburrimiento o de “voyasoportarelchaparrón”, pero si tuviese que apostar por una de las dos, me lo jugaría todo a que era la segunda opción. Parecía enganchada a él, y no acabo de entenderlo. Cosas del amor supongo…
El caso es que allí estaba. Aguantando estoicamente. Sin abrir la boca. Y sin cambiar su mirada compungida. Tal vez por eso le cogí cierto aprecio, igual que a Adriana.
Y la verdad es que me alegro de que él no se diese cuenta de que no le agradaba esa conversación. Ya encontrará a alguien mejor.

Me pedí otra caña para poder despedirme de los protagonistas de mi libro sin prisas, pagué la cuenta y me marché.
Así transformé una tarde de agobio en una calma gigantesca. Paseo y lectura era todo lo que quería. Paseo, lectura y alguna sonrisa fue lo que me llevé. No podía pedir mucho más…

P.D: El motivo de mi agobio es que no me concentraba porque dos de mis tres compañeros de mesa en la biblioteca era unos repugnantes. Vamos, una excusa fácil para deja de estudiar un rato.


La foto: Se llama Feeling Good y es de Sekmeth. La encontré a través de Deviantart.
La canción: 1234 de Feist. Su disco The Reminder me parece una joya.

4 comentarios en “Leyendo personas”

  1. Cris dice:

    Ya te había hablado de mi sitio en Santiago verdad?

  2. Jaco dice:

    Creo que sí. Pero es al aire libre y el jueves estaba todo empapado. Aún así, esa lugar creo que no acaba de convencerme.
    Demasiada gente pasando por allí.

  3. Cris dice:

    Que va!! Pero si está en soportales… y tampoco es que pase mucha gente…

  4. Jaco dice:

    ¿No es en el lateral de la catedral? Pasando el túnel donde está el gaiteiro tocando siempre.
    Por ahí pasa siempre mucha gente.

    Salvo que no esa ese tu sitio.

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