Insisto.
Hay muchas cosas por las que Madrid merece la pena. Un paseo de hora y media a la luz de las farolas. Perderte en una librería ordenada. La pena de no poder perderte en esa librería desordenada. Orto paseo a la luz del sol. Y a su calor. Una cerveza fresca para compensarlo antes de que sople el viento. Ver al Estudiantes entrenar en el Magariños. El banco perfecto para leer el libro. El concierto de Kiko Tóvar, aunque ya no tenga sus rizos. El concierto de cualquier otro.
Y eso que no cuento con la charla con Julián, el portero de mi antigua casa. Ni con ver el eurobasket con el Sapo. Ni con tomarme unas cervezas con mi hermano y su (ya cercana) mujer. Ni con ver a mis tíos y a mi primito. Ni por supuesto cuento con mis amigos, que hacen de esta ciudad algo todavía más especial.
Damos saltos en el tiempo y en el espacio. Tras el concierto de París, me salto el post de la ciudad del Sena para hablar de la ciudad del Liffey.
Tras 6 años sin pisar tierras irlandesas por fin he vuelto a una ciudad que me trae fantásticos recuerdos. Iba con muchísimo miedo, lo reconozco. No he sabido mantener el contacto con la mayoría de la gente con la que compartí grandes momentos y experiencias y no sabía como iba a ser la relación con ellos si tenía la oportunidad de verlos.
Planear el viaje no fue tarea fácil. Hasta muy tarde no supe si iría sólo o acompañado, así que no compré los billetes hasta poco antes de partir. Por otro lado Aer Lingus en verano abre vuelos directos Santiago – Dublín, así que me ahorraba la preocupación de los retrasos y de las maletas perdidas en el tránsito de vuelos.
Llegué a la capital de la República de Irlanda a las 18:10 de un martes. Cogí mi maleta, y arrastrándola atravesé la puerta del aeropuerto donde me esperaba Paul, el señor de la casa en la que viví durante mi año en Dublín.
Inciso: Esta familia se merece un templo. Son encantadores, siempre están disponibles para lo que necesites y hacen todo lo que está en su mano y más para que te sientas cómodo. Son cuatro (Paul, Ivonne, Niall y Kim) pero cuándo estás con ellos te hacen sentir el quinto de la familia.
Eso por no hablar de la sorpresa de ver como Niall había crecido muchísimo, y es que la última vez que lo vi tenía 10 añitos y ahora 16. Imaginaros el cambio.
Al llegar a casa me tenían la cena preparada y ya no me moví de su lado. Nos tomamos una copa de licor café, una cerveza y todos a descansar que al día siguiente había que madrugar.
Del resto de días puedo contaros muchísimas cosas. Puedo contaros la visita friki que hice con una parte del Spanish Clan a Killiney para ver la verja de la casa de Bono. Puedo contaros la caminata que me dí por Dublín para ver como ha cambiado la ciudad, y las cervezas que me bebí en el agobiante barrio de Temple Bar o disfruté sin prisas en otros muchos pubs del centro. Puedo contaros lo bien que me lo pasé con Paul yendo a The Orchard por las noches a beber unas Guinness. Os puedo contar lo divertido que fue hacer cola para el primer concierto con el Spanish Clan al completo, la inútil espera del día siguiente en el The Clarence Hotel para ver salir a los 4 fantásticos o el placer de llevar a Niall a su primer gran concierto.
Puedo contaros todo eso y mucho más si os interesa, pero hay una cosa que quiero destacar de esta semana en Dublín: Los amigos que allí dejé y ya no pienso volver a descuidar.
Runar vino conmigo al primer concierto, así que para darle la entrada decidimos quedar el día anterior en casa de Philip Black, una de las personas que más me ayudó en mi integración en el colegio. Allí los tres decidimos que íbamos a tomar unas cervezas el lunes y nos pondríamos al día sin prisas.
Mi sorpresa fue cuando el lunes además de ellos dos aparecieron por The Dropping Well Willy, su novia Sanchia, Dave, Flynn y los hermanos Tristan y Craig Goodbody. No me lo esperaba, y fue perfecto. Físicamente todos han cambiado, pero siguen igual que hace 8 años. Allí pasamos 4 horas bebiendo pintas y pintas de Guinness, poniéndome al día de la vida de cada uno y riéndonos de recuerdos del colegio. Estábamos todos muy a gusto y el tiempo voló hasta que el camarero nos dijo que cerraban. Nos hicimos los remolones y luego aún nos entretuvimos fuera del pub. Al final nos despedimos con la promesa de que volvería muy pronto, que 6 años son mucho tiempo y los conciertos de U2 una mala excusa, y es que no son nada comparados con una ración de risas y cervezas rodeado de amigos.
Lo que yo digo… a sort of homecoming
Aunque no os creáis que estas palabras puedan salir de mi boca, hay un músico irlandés que está muy por encima de Bono, The Edge, Larry y Adam. Su nombre es Christy Moore, y es el mayor descubrimiento musical que he hecho en toda mi vida. Siempre que voy a Irlanda me compro un cd de él, sea nuevo o no. Ahora mismo tengo unos 7 discos, y los que me quedan. Por eso él es la banda sonora del post.
“Pero siempre hay un tren que desemboca…
En el cuaderno de bitácora de Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal.
En el mercado de Legazpi en el Teatro La Latina, en el bronx de Fuencarral…”
Ya estoy de vuelta. Y me apetece mucho volver a los tópicos, así que con vuestro permiso, allá voy.
Es una de esas (muchas) canciones perfectas para dar un paseo de sábado madrugada volviendo a casa, dando tantos rodeos como puedas, en una ciudad tan… ciudad.
Y da igual bajarte en Atocha, Chamartín, Barajas o Moncloa. Lo importante es poder vivir allí un momento eterno, sin importar lo corto que sea. Y creedme, si vas, lo vives.
“…Dios y el diablo son de aquí
pongamos que hablo de… ¡vivir!”
Qué, ¿a que nunca habías escuchado esta canción hablando de Madrid? Lo sé, soy muy original. Mañana más y mejor. O no, que también puede ser.
Venga, mañana cojo coche y autopista rumbo Madrid. Esta vez no me voy sólo, llevo de conductor a un resfriado con ganas de ser gripe pero ya me olvidaré de él allí.
Os voy a comentar mis planes, simplemente para daros un poco de envidia.
Llego mañana, a media tarde, y resulta que es la XII Noche de Max Estrella. O lo que es lo mismo, un recorrido por el Madrid de Luces de Bohemia para recordar a Ramón María del Valle Inclán.
Las actividades comienzan a las 18:00 con una concentración de Bohemios y terminan a las 23:00 cantando el himno de los mismos. Por el medio, un montón de cosas. Para más información aquí.
El viernes tengo que ir a conocer a mi primito nuevo (mierda, acabo de darme cuenta de que no tengo ningún regalo)
Para la noche tenía un montón de ideas y todas eran conciertos recomendados por alguien que sabe mucho de esto.
Podía ir al Buho Real a ver a Paco Bello, o a Paco Cifuentes al Barcelona 8. A Luis Ramiro en el Libertad 8 no, que ya no quedan entradas. Y lo malo es que quería ir a los 3, pero tengo una barrilada por el cumpleaños de Alex que es un plan irremplazable e irrepetible.
El Sábado por la mañana toca dormir la resaca, y por la tarde ir a ver el Estu-Manresa que va a ser muy muy emotivo (muchísimo más de lo que nadie querría). Luego igual me apunto a la segunda Estudiantes Rock’n'Roll night con Engendro y Los Gandules en la mítica Gruta 77, pero no es totalmente seguro porque al día siguiente tengo que estar descansado.
El domingo, quiero ir a ver el Estu-Olesa de Liga Femenina en el Magariños a las 12:15 y luego viaje de vuelta a Santiago.
Suena bien ¿verdad?
Ya avisé de que yo estoy viviendo.
Las veces que vine a Madrid el año pasado, lo hacía por gusto pero también por necesidad. Por las razones que sea (y que ya no viene a cuento volver a contar) no me encontraba bien y el venir aquí me suponía recargar las pilas a niveles altísimos.
Este año está siendo diferente, y este fin de semana más todavía. Mi ánimo está por las nubes, me encuentro genial con el mundo en general y con lo que me rodea en particular. Las pilas están cargadas a unos niveles que, sinceramente, no recordaba. Y si a eso le sumas que ahora vine pare celebrar mi cumpleaños con mis amigos, el resultado es un fin de semana brutal.
No espero de este fin de semana nada que no sea seguir como estoy y pasármelo bien, y de momento se está cumpliendo. Me quedan menos de 24 horas en Madrid y veo muuuy complicado que se vaya a torcer ahora.
El problema es que cuando me marcho de aquí siempre me da pena y tengo ganas de volver. Y esta vez sé que hasta acabar los exámenes de febrero no voy a poder hacerlo. Es el único punto negativo de otras vacaciones.
Ahora me voy a aprovechar el tiempo que me queda aquí.