Observaron el reloj. Había pasado una eternidad. Exactamente una eternidad y un octavo de otra. Y es que sólo él, tal vez en función de sus agobios, era capaz de definir la duración de una eternidad.
Se miraron. Ella le dijo que se había terminado la primavera. Él asintió mientras suspiraba. El calendario aún no mostraba el 21 de Marzo y ambos se estremecieron.
Al final se fueron a distintos sitios por el mismo camino. O tal vez se dirigieran al mismo lugar por diferentes senderos. No estoy muy seguro. Lo que sí sé es que antes de marchar se fijaron de nuevo en el reloj y cruzaron dos palabras: Tempus Fugit
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- 20 de marzo, 2010
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